No. 73. Noviembre 2016. #HayAcuerdoHayPaz: El nuevo acuerdo de Colombia

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No. 73 / NOVIEMBRE 2016

#HayAcuerdoHayPaz: El nuevo acuerdo de Colombia 

Tras la victoria del “No” en el resultado del plebiscito colombiano a principios de octubre, el gobierno del Presidente Juan Manuel Santos, las FARC y la ciudadanía se encontraron ante la incertidumbre de cuáles debían de ser los siguientes pasos para continuar con el proceso de paz, mientras se extendía el cese al fuego bilateral con la guerrilla hasta el 31 de diciembre. 

A raíz de ello, el Gobierno se involucró en reuniones con distintas voces opositoras, lideradas por el expresidente Álvaro Uribe, para incluir sus más de 57 observaciones al proyecto de acuerdo que durante cuatro años se negoció en La Habana. 

El 12 de noviembre, el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC firmaron un nuevo acuerdo de paz que incorpora numerosos reclamos de los partidarios del “no”. En el texto, se mantiene a grandes rasgos el modelo jurisdiccional que evitará que los guerrilleros vayan a la cárcel y la posibilidad de las FARC de participar en política. Sin embargo, se precisan las reglas para los procesos judiciales y comprometen a las FARC a entregar un listado de sus bienes para que sean destinados a la reparación de víctimas. El nuevo acuerdo excluye el enfoque de género y los derechos de la comunidad LGBT+ con el fin de apaciguar al voto evangélico. 

La presentación del nuevo acuerdo ante el Congreso fue atrasada por solicitud del Centro Democrático, partido de Álvaro Uribe. La oposición, encabezada por el expresidente, considera que el acuerdo no está aún cerrado y sigue estudiando los textos para presentar su posición. Representantes del “no” insisten en la necesidad de un análisis a detenimiento por parte de las víctimas; no obstante, existe urgencia para su pronta ratificación por parte de las FARC, que se encuentran en un limbo ante la desmovilización. 

Aún no es claro el proceso que se seguirá para refrendar el nuevo acuerdo alcanzado, pues será el Presidente de Colombia quien decida el mecanismo. Las posibilidades de un nuevo plebiscito fueron descartadas durante las negociaciones. En ese sentido, lo más probable es que el acuerdo vaya a refrendarse a través del Congreso, al ser ésta la vía más rápida y segura con el fin de sellar los compromisos y comenzar la tarea de la implementación.

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Uno de los principales beneficiados por este proceso de renegociación es precisamente el expresidente Uribe, quien subió su popularidad en dos puntos porcentuales, hasta posicionarse en un 57%. Por el otro lado, las acciones del Presidente Santos son respaldadas por un 34% de los colombianos que aprueba su gestión. El ímpetu que Uribe ha proyectado liderando a la oposición de los acuerdos podría ser capitalizado por su partido, el Centro Democrático, para las elecciones presidenciales del 2018. 

Las reacciones internacionales ante el nuevo acuerdo no se hicieron esperar. La Organización de los Estados Americanos expresó de forma unánime su beneplácito. Por su parte, las Naciones Unidas mostraron su confianza en que esta iniciativa pueda convertirse en realidad. El Presidente Santos viajó a Washington, DC, para buscar el apoyo de líderes del Partido Republicano al proceso de paz colombiano, en vista de su triunfo en las elecciones estadounidenses. 

No obstante los resultados negativos que dejó el plebiscito, el ánimo popular ha aceptado la necesidad de alcanzar una paz estable y duradera. Numerosas manifestaciones se han suscitado a lo largo y ancho de Colombia, instando a alcanzar con urgencia un nuevo acuerdo. El nuevo texto será cabildeado entre representantes de la oposición y, si se logran dejar de lado los intereses personales y pretensiones políticas, podría ser el plan definitivo para alcanzar terminar con una guerra de más de cinco décadas. 


2016: El auge del nacionalismo 

El nacionalismo se define como el sentimiento de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. Todas las sociedades se basan en él de una u otra forma para definir las relaciones entre el Estado, el ciudadano y el mundo exterior. 

A medida que el patriotismo positivo se transforma en nacionalismo negativo, la solidaridad se transforma en desconfianza hacia las minorías, hacia lo diferente, hacia el exterior. En el último año se ha hecho evidente que una forma de nacionalismo, a menudo étnicamente fundado, está en auge. 

El ejemplo más reciente es la elección de Donald Trump, quien persuadió a 61 millones de estadounidenses a votar por él prometiendo deportar a inmigrantes, construir un muro en la frontera con nuestro país, y "volver a hacer grande a Estados Unidos". 

Su victoria fortalecerá a los líderes de ideas afines en todo el mundo. Viktor Orban, el primer ministro húngaro que ha criticado a los migrantes, celebró la victoria de Trump, declarando que se volverá a la democracia real. En Francia no se descarta la posibilidad de que Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional (FN), pueda ser elegida presidenta el próximo año. Le Pen promete sacar a Francia del euro y celebrar un referéndum "Frexit" sobre la adhesión a la UE. Es probable que, si los votantes franceses apoyan un Frexit, la Unión Europea (UE) se desmorone. 

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El lenguaje de Marine Le Pen es típico de estos nacionalismos defensivos: apela a la nostalgia, a la ansiedad y a la antipatía hacia el orden internacional liberal. Habla de frenar la “gigante ola” migratoria. 

A estos ejemplos se suman el Fidesz de Hungría, el partido polaco de Ley y Justicia, y el Partido de la Libertad de Austria (uno de cuyos líderes, Norbert Hofer, podría ganar la presidencia el próximo mes). En los Países Bajos, Geert Wilders, líder del anti-musulmán y anti-inmigrante Partido por la Libertad, y quien encabeza las encuestas para las elecciones nacionales de marzo próximo, está siendo juzgado por un "discurso de odio", por incitar a sus seguidores a cantar que quería "menos marroquíes" en el país. 

El voto de Gran Bretaña en junio pasado para abandonar la UE fue claramente el resultado de un giro nacionalista. Los carteles de la campaña a favor del "Brexit" representaban hordas de inmigrantes de Medio Oriente clamando por entrar. 

Vladimir Putin, presidente de Rusia, ha aprovechado el nacionalismo étnico para mantenerse en el poder desde el 2000. Cuando Ucrania buscó acercarse a Occidente, anexó Crimea e invadió Ucrania Oriental. Su versión de nacionalismo implica rechazar los valores universales y liberales promovidos por Occidente.

En China, el Partido Comunista está poniendo en práctica un nacionalismo que culpa a "fuerzas extranjeras hostiles" (con Japón como principal blanco de sus ataques), por cosas que no funcionan a su favor, incluidas las protestas en Hong Kong o Xinjiang.

Abdel-Fattah al-Sisi, presidente de Egipto, y Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía (país que hace pocos años parecía estar en camino de unirse a la UE), también echan mano de la narrativa nacionalista para mantenerse en el poder.

En el resurgimiento de los nacionalismos, el pesimismo, la desigualdad, y la creencia de que las cosas eran mejores en el pasado, desempeñan un papel clave. Así, el nacionalismo se convierte en una forma fácil de generar entusiasmo y desviar la culpa de lo que está mal. Por otro lado, hay factores culturales que entran en acción. A ciertos sectores no les gusta convivir con una Europa más musulmana y un Estados Unidos menos blanco y protestante, por lo que empiezan a actuar como si fueran un grupo minoritario o discriminado.

A pesar de que estos nacionalismos ganan terreno en el mundo, las tendencias demográficas favorecen el pluralismo. La población universitaria aumenta y la tan temida inmigración podría empezar a contrarrestar estos “nuevos nacionalismos”. 


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